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Una perspectiva científica para entender la felicidad

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Antony Boucard Jr,

Por: Salma Rivera

Asesoría: Antony Boucard Jr, Departamento de Biología Celular.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) decretó en 2012 al 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad para reconocer la relevancia del bienestar y la satisfacción como aspiraciones universales de los seres humanos.

Desde la antigüedad y hasta la fecha, se ha considerado a la felicidad como un estado de grata satisfacción espiritual y física, manifestado de distintas maneras y, al ser subjetiva, puede producirse por un sinfín de causas, pero en general se vincula con la motivación y el bienestar.

Diversas disciplinas se han encargado de explicar este término, por ejemplo, desde el enfoqué filosófico, Sócrates planteó que la sabiduría y el conocimiento guiarían a los individuos por el camino correcto a alcanzar la felicidad, pero con el trascurrir de los años y desde la perspectiva histórica, cultural y social, su definición ha tomado un sentido más subjetivo y propio en cada individuo.

La sicología también se ha esforzado en definir a la felicidad y en la década de 1930, Abraham Maslow identificó las necesidades básicas del individuo y a medida que van siendo satisfechas, surgen otras de un nivel superior o mejor, hasta llegar a una cúspide de plena felicidad, llamándole a esta jerarquía, la Pirámide de Maslow.

En economía, Richard A. Easterlin del Departamento de Economía de la Universidad del Sur de California, explica que las circunstancias de la vida y, en particular, el crecimiento de los ingresos, tienen efectos duraderos en la felicidad. Los economistas reconocen que esta depende de una variedad de circunstancias además de las condiciones materiales, pero han asumido durante mucho tiempo, una teoría denominada “más es mejor”, donde la principal implicación es que si los ingresos aumentan sustancialmente, entonces el bienestar general se moverá en la misma dirección.

La ciencia explica la felicidad

Dice Luca Pani, psiquiatra especialista en neurofarmacología, que tratar de ser feliz es un mecanismo evolutivo impreso en los genes, sin este, no se podría sobrevivir, por el hecho de que la búsqueda de alimentos y el proceso de reproducción son de las actividades esenciales a la sobrevivencia que están relacionadas con el placer y la felicidad.

Estudiar directamente el proceso que origina la felicidad, aún es complicado, pero se puede abordar desde estados contrarios como la depresión, donde ocurre un desbalance entre sistemas. Por un lado, el individuo no entiende qué le genera placer y por el otro, no percibe lo que le hace sufrir.

El estudio de la formación y función de redes neuronales así como los defectos que les afectan y que resultan en el desarrollo de condiciones neuropatológicas como las adicciones, permite entender cómo es que surge la felicidad, en este sentido, la felicidad es reforzar la búsqueda de eventos no nocivos, es un proceso neuroquímico que se puede estudiar desde dos sistemas cerebrales interconectados: el límbico y el extrapiramidal.

En el primero, que conforma las zonas del cerebro encargadas de regular las emociones, se liberan determinados neurotransmisores. Mientras que en el sistema extrapiramidal, el núcleo accumbens (la región de nuestro cerebro que clasifica las sensaciones que percibimos) se encarga de las conductas racionales pues es la parte que ayuda en la toma de decisiones consientes con un objetivo fijo.

Así, en ambos sistemas de control de la felicidad se originan los neurotransmisores, aquellas sustancias químicas que genera el cerebro y que se encargan de transmitir las señales de una neurona a otra, siendo la mayoría de tipo excitatorio o inhibitorio. Pero solo el dos por ciento de las neuronas, secretan neurotransmisores que influyen directamente en la felicidad: la dopamina, norepinefrina y la serotonina.

La producción de estas sustancias químicas permite modular los otros circuitos, pero pueden ser influenciados por respuestas neuroendocrinas, tal es el caso del estrés, un elemento que perturba la felicidad y que produce hormonas como el cortisol que tiene la función de disminuir la secreción de norepinefrina y serotonina.

En el caso de la depresión, los circuitos sufren un desbalance donde la dopamina, norepinefrina y serotonina, que se encuentran ligados, tiene una baja importante.

Se han analizado alimentos que al ingerirse generan felicidad. Por ejemplo el pavo, plátano, garbanzo y algunos quesos ricos en triptófano y tirosina, pues ayudan a producir más neurotransmisores y hacen que su disponibilidad esté en aumento.

También hay actividades que hacen sentir al cerebro más feliz, pues ayudan a lograr un grado de satisfacción, tales como caminar al aire libre, hacer ejercicio, escuchar música, comer, bailar, asistir a un concierto o reunirse con amigos, pues la situación actual por pandemia así lo sugiere.

Es importante señalar que si bien, términos como alegría, placer y satisfacción suelen relacionarse con el concepto de felicidad, estos no significan lo mismo. La alegría es una emoción, la respuesta a una situación externa o interna que nos hace sentir bien y que manifestamos con euforia o risas, tiene una duración de máximo algunas semanas que puede desencadenar un estado con mayor durabilidad, la felicidad.

Por otro lado, el placer está relacionado con las experiencias placenteras de nuestros sentidos y al igual que la satisfacción, son sensaciones momentáneas producidas por algo externo; su característica común es que se originan en una falta de perspectiva y de sentido que se tapa con estímulos materiales.

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Un estado universal

Las personas siguen una curva de la felicidad que tiene forma de U, principalmente en los países de Europa y Estados Unidos, donde la felicidad es más alta en la juventud, disminuye entre los 30-40 años y aumenta después de los 50, debido a los niveles económicos y la construcción social. Mientras que, en México, existe una estabilidad a lo largo de toda la vida, pues la estructura familiar es un factor importante en el desarrollo de esta búsqueda.

Cada año se publica el Informe Mundial sobre la Felicidad, una encuesta histórica sobre el estado de bienestar mundial que clasifica a 156 países según el grado de satisfacción que sus ciudadanos perciben en sí mismos. La última edición de este Informe clasifica a la ciudad de Helsinki en Finlandia como la más feliz, seguida por Aarhus, Dinamarca, y en el lugar número 38 se encuentra la Ciudad de México.

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